
El Señor del Pan amasado
Sergio, con su cotona, gorro blanco y una nueva propuesta, busca en una esquina un nuevo rumbo laboral.Javier Chamorro
Prisma
“Pancito amasado a cien” es lo que escuchan día a día miles de automovilistas que cruzan por la intersección entre avenida José Pedro Alessandri y Grecia. Allí es donde Sergio Calfulaf Rubilar decidió instalarse a vender sus mercancías.
Un hombre que trabajó dieciocho años en un restaurante Chino, frente al estadio nacional, se cansó de su empleo anónimo como cocinero y decidió salir a las calles. “Tener más contacto con la gente es lo que me gusta, además allá no se veían minas” dice Sergio, con una sonrisa en el rostro.
Con esa misma sonrisa se apresura a atender a sus clientes. Aprovechando el tiempo que le da la luz roja del semáforo, Sergio tiene una alta demanda. “La gente me conoce. Ya tengo mi clientela y de ella dependo” habla, mientras le vende dos bolsas de pan a un automovilista.
Y es que las ventas le favorecen, puesto que con su actitud ganadora y el producto que escogió para vender, hacen una muy buena mezcla económica. Sergio cuenta que vende quinientos panes a cien pesos por día, pero lamentablemente su sueldo es por comisión, por lo cual gana solamente 12.000 pesos. De igual forma no se desanima y nos dice que hace otros trabajos para apalear la falta de fondos, desde hacer wantanes (que sabe hacer por su antiguo trabajo), a ayudar en una tienda.
Aunque tenga que trabajar tanto para ganar algo de dinero, José, o el chino como le decían en su antiguo trabajo, no pierde la sonrisa ni la motivación en ningún momento. “Si estos panes los hiciera yo, ganaría como 42.000 pesos en ves de los 12.000 que gano por vender los
Por desgracia no le alcanzan los fondos para hacer él la mercancía. De hecho, vende los panes que no se vendieron durante el día. “Me han reclamado por la calidad del pan, igual no puedo ver siempre que la mercancía esté en buenas condiciones” plantea algo molesto.
Pero esos pequeños percances parecen olvidarse cuando desempeña su trabajo. Aunque acarrea con dos hijos, Jesús de 10 años y Constanza de 4 años, se muestra siempre amigable y muy activo con lo que hace. Al parecer el cambio de ambiente y el contacto con la gente lo motivan para seguir con su labor.
Y dentro de sus planes, solamente tiene en mente vender más panes por día y poner una señal que lo identifique. “El señor del pan amasado de Paine le pondría, con un letrero en el semáforo” reflexiona dichoso.
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